
La agresividad del hombre hacia sus semejantes, la violencia en sí, es entendida en psicoanálisis como una expresión de la pulsión de muerte.
Freud contrapuso la dualidad Pulsiones de vida versus Pulsión de muerte (1920) y, tal vez de modo muy rápido, pudiéramos relacionar la pulsión de muerte (el goce, según Lacan) como aquello que en la esencia misma de la vida humana hace que a veces el sujeto no quiera precisamente su propio bien. Puede querer, incluso, hacerse a sí mismo daño, ir en contra de todo lo que le proporcionaría placer y felicidad; en suma, se trata de una satisfacción en el displacer.En cuanto esta pulsión de muerte se exterioriza, es decir, en cuanto se dirige hacia afuera del individuo, se traduce en agresividad, en una pulsión destructiva, en un empuje a la destrucción del otro, a su aniquilación. (Es él o yo).
Si bien no toda intención agresiva del ser humano deviene propiamente agresión o acto violento en sí, la violencia brota con demasiada frecuencia (en cualquiera de sus vertientes) en las relaciones sociales entre los hombres.
Aquí cuando hablamos de violencia, entendemos no sólo su dimensión de choque, de ataque, de desequilibrio, de excesos del acto; sino añadimos, que más particularmente la violencia es, en tanto acto, el reverso mismo de la palabra: ahí donde no hay más palabra ante este otro que quiere mi desaparición, donde no hay más posibilidad de diálogo, aparece la violencia, como su contracara.
Pienso que la cultura misma puede ofrecer coordenadas de la palabra ante la agresividad inherente al humano. Las palabras, lo simbólico en general le van ajustando a esa agresividad determinados cauces sublimatorios menos destructivos. (La literatura específicamente, las artes en su mayor diversidad, los deportes, etc.) Con ironía no descuidada: precisamente la represión de la cultura sobre la pulsión determina la aparición de la agresividad.
Si un sujeto ha sido inevitablemente confrontado con un hecho traumático violento, se le puede brindar la vía del tratamiento por medio de la palabra. Así, se hace posible que pueda empezar a otorgársele sentido, armar nuevas articulaciones simbólicas a partir de lo sufrido, estructurar otro sostén significante alrededor de ese hueco inolvidable. Una vez más, se hace girar al acto hacia la palabra.
De todos modos la pulsión de muerte está ahí, sobrevive en nosotros, siendo tan humana como lo es el propio deseo de que no surja como violencia descarnada entre los individuos.

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