martes, 25 de noviembre de 2008

Mundo Maya. Xcaret


He visitado un pedazo de paraíso en plena tierra maya. (Ya sé que esto no tiene que ver con el psicoanálisis. Aunque, pensándolo mejor, cualquiera ahora podría decir con justeza que según el mismo psicoanálisis, no habrá nada que no pueda enlazarse con alguna causa más oculta!)
Me gustan los mayas. Aún conozco muy poco de su cultura, y ando con esa pincelada del prejuicio que me hace encontrarles todavía como un pueblo serio, muy inteligente, despiadado. Las ruinas de ese gran imperio se distribuyen por todo el sudeste mexicano, y Chichén-Itzá, ciudad de dioses, es extraordinariamente impresionante, así como Tulum, con sus pirámides casi en la orilla misma del mar.
Pero… esta vez vengo de regreso de Xcaret. Es otro antiguo asentamiento del mundo maya que queda más o menos a 70 kms de Cancún, enfrentando desde el continente a la isla de Cozumel, en el Caribe mexicano.
Xcaret es un gran parque natural, con flora y fauna silvestre. Hay bellas playas caribeñas para nadar, mundos subacuáticos para explorar y en fin, con casi todas las delicias de aquello que uno entiende como lo más entrañable y deseado.
De cerca le tomé fotos a una preciosa guacamaya ¡maya!, pero de lejos a los jaguares, dormilones y musculosos. Vi manatíes enormes, un tapir, venados, monos, tortugas pequeñas hasta gigantes. Yo nunca había estado antes en un Mariposario, ni visto tal cantidad de estas hermosuras volando a mi alrededor.
El lugar donde hoy está Xcaret, antes llamado Polé, era un antiguo establecimiento de los mayas, fundamental para el mercadeo dentro del imperio, por ejemplo para el transporte de pescado fresco y otras mercancías. (En carrera de relevo, cada hombre corría un kilometro con su carga en la espalda, por una vía indicada como con tiza blanca que refulgía a la luz de la luna. Hay que saber que en la zona la temperatura es bien alta, y por eso este transporte era principalmente nocturno. En Chichén Itzá, unos 220 kms más allá, comían temprano el pescado así llevado).
La belleza de Xcaret, más allá de su naturaleza exquisita, está esculpida con riguroso cuidado y con un diseño absolutamente maya. Han conservado en lo posible la imagen indígena, el decorado de los servicios necesarios (señalizaciones, restaurantes, senderos, baños públicos de extrañas pilas rústicas)… Conmueve, de todos modos, un pequeño cementerio de tumbas mayas coloridas, con epitafios graciosos (la cultura mexicana en general es impresionante por su diálogo con la muerte).
Xcaret es hermoso. Y me acercó un poco más hacia los inquietantes mayas.

*(En ese orden, las dos primeras fotos las hice yo) -la belleza de la guacamaya roja, -lo apacible de un pedazo de playa... -y yo en el borde, que sé que más allá, pasando el mar, me encuentro con Cuba.

domingo, 23 de noviembre de 2008

Enseñanza


Enseñar, poder transmitir un saber, supone algo más que la mera traslación de un conocimiento de un lado al otro; de mí, por ejemplo, hacia el otro. Se trata, en primera instancia, de transmitir un deseo. De infundirle al otro el suficiente ardor como para dejarse penetrar por lo nuevo, por lo difícil, lo intimidante por ser desconocido.
Pienso particularmente en la enseñanza de Jacques Lacan, exótica, de un estilo único, inextricable. Con toda intención torcida y erudita. Tan así que esto hace que muchos abran las páginas de los Escritos de Lacan y las cierren ante los dos o tres primeros párrafos, o cierren sus oídos ante las dos o tres primeras fórmulas de ese lenguaje tan original con el que Lacan buscaba arañar, incidir sobre lo más real e inefable en el hombre. Pero es el encanto de un estilo que no deja de producir efectos en quien lo lee o escucha.
Esta enseñanza de Lacan, que en principio consiste en una relectura de Freud, la dictó durante aproximadamente tres décadas, así, decididamente oral, dirigiéndose a un público de psicoanalistas. Haber cercado su audiencia de esta manera, le permitía ese esfuerzo por hacer equiparables el objeto de su enseñanza, a saber, el psicoanálisis, el inconsciente, el goce, la pulsión, la repetición, entre otros conceptos, y el método en sí empleado, nada transparente, siempre travieso, desafiante, velado, alambicado.
Una de las cuestiones más discutidas entre los psicoanalistas precisamente se refiere a cómo se transmite o se enseña el psicoanálisis, siendo como es, un asunto de análisis personal de cada uno, de la clínica, para desgajar de ella algunos principios y algunos efectos que ha tenido la experiencia de un análisis en el sujeto.
Uno avanza en la teoría, en el estudio y la comprensión de los conceptos psicoanalíticos según va avanzando su propio análisis personal. No es tan evidente el velo que cubre la verdad que no se quiere saber, para decirlo todo bastante rápido: la verdad acerca de la propia castración. Y en la medida en la que un análisis va desbrozando estos velos, los temores, obstinaciones, y con el vaivén acertado de las interpretaciones que desnudan cada vez más esta verdad, podrá entonces encararse el saber.
Como en una pantomima de quien se acerca: muchas veces tenemos el asombro, el desdén, el mutismo, la mera repetición de los conceptos sin comprender casi nada, la irradiación hacia todas las áreas de la vida de lo que primeramente se atisba… Y la puesta en ánimo de un deseo. Un deseo de saber, de hacer un análisis, de transmitirlo…
Ah, pero en conjunto la sensación es buena, es muy placentera, al final uno se queda como iluminada, muy sonriente ante un instante efímero de satisfacción que viene por haber pescado algo, pequeñito, algo evanescente pero que ya irremediablemente alude a que hay otra cosa… que apunta hacia un más allá enaltecedor. Que desde lejos se ven los reflejos de la verdad.
Enseñar, mostrar...

*El Grafo del deseo (Lacan)

miércoles, 19 de noviembre de 2008

Causalidades


A mí quien me enseñó acerca del significante fue Pablo, un niño que en la escuela primaria se sentaba al lado mío. Competíamos mucho, al grado común de las rivalidades entre niño y niña de diez años. Una tarde me dijo: A ver, repite sofá muchas veces, y oirás otra cosa. Así descubrí el sonido solitario del significante puro, vaciado por completo de toda significación, de todo hilo que me recondujera de vuelta a lo que fuera mueble para sentarse. Se podía, efectivamente, escuchar la resonancia única, el eco sinsentido del lenguaje en ese vocablo absurdo repetido. Era una experiencia riquísima, y me desdoblaba preparándome para entender, muchos años después, la teoría lacaniana del significante.
También quedó inmortalizado este niño en mi vida porque días después me escogió como su novia, según una lista secreta que los varones habían establecido por ellos mismos, distribuyéndose a todas las féminas del salón. Yo no sabía qué hacer, porque para mi total desasosiego frente a él, a partir de entonces yo era “algo suyo”. Toda esa tarde, mi noche en vela y la siguiente mañana inquieta hasta mi solución en el receso, duró el noviazgo. Otra vez me veía ante una experiencia novedosa, sin saber bien qué implicaba ser la novia de alguien, pero ya reaccionaba rebelándome contra cierta imposición.
La causalidad del mal de las psiconeurosis de las que empezó a ocuparse vivamente el doctor Freud a finales del S. XIX, quedó circunscrita a la sexualidad. Allí, en ese oscuro reino de lo sexual, debía encontrarse la causa de todo el malestar presente del paciente. Se trata de una causa sexual y antigua, es decir, que pertenece al pasado infantil. Y lo complejo de esta causa, atravesada por la represión, es que tiene una deliciosa contrariedad: lo reprimido (e inconsciente) es algo que no existió nunca, que estaba indeclinablemente perdido (el primer objeto, según Freud; el significante de la relación sexual que no existe, según Lacan). Digamos que lo destacado aquí es el trauma inicial de esta discordancia o incompletud en el sujeto, común para los seres hablantes en general.
Este trauma inicial sólo podrá tener su efecto como traumático en la historia del individuo cuando, años después, otro evento asociado venga a darle una resignificación retroactiva (après-coup) a esta representación traumática inasimilable (sexual, dice nuevamente Freud; del lenguaje, generaliza otra vez Lacan). Sólo se convierte en trauma a partir de un segundo acontecimiento, en el tiempo lineal, que incide sobre aquel supuestamente primero.
De este agujero original (trauma) tenemos el monumento que el sujeto le rinde repetitivamente en su síntoma: aquello reprimido retorna en el síntoma actual, sigue conviviendo en el presente a través de las manifestaciones sintomáticas de la estructura neurótica. Es decir, se seguirá hablando y actuando ese sentido que se reprimió, en las distintas formaciones del inconsciente: una aparición inoportuna aquí de un lapsus, un placer de risas allí en un chiste, un sueño conmovedor, y en el síntoma fundamentalmente.
La perspectiva freudiana primera deseaba deshacer el síntoma actual cuando se le revelaba al paciente la causa (sexual) traumática de su padecer, que estaba reprimida. Se debía llegar a ese “saber reprimido” del que el sujeto dice no saber nada, a través de las interpretaciones sobre la historia rememorada del paciente.
Las historias tontas, reveladoras, angustiantes, infantiles, vergonzosas, ridículas, dolorosas, que el paciente cuenta en sesión, gravitan sobre el eje causal y traumático. Al analista le corresponde apuntar hacia allí todo el tiempo.
¿Qué habrá movilizado en mi haber sido nombrada como “la novia” de un amigo a los diez años?




*Foto de mi hermana L.

martes, 11 de noviembre de 2008

Palabrerías


Me entusiasman y me intimidan las palabras. Por eso jugar con ellas resulta tan placentero, más allá de aquella exigencia que la escucha en la clínica psicoanalítica impone.
Encuentro un concepto de nombre tan feo como antanaclasis, que es una de las figuras de la retórica, y me anima lo suficiente. Es la repetición de una misma palabra en un escrito, pero con significados diferentes. Un ejemplo tímido: “¿Y Ud., no nada nada? Es que no traje traje”.
Sí, son palabras polisémicas, y son, hay que decirlo, una de las presas predilectas de los analistas al escuchar el discurso del paciente. El inconsciente, todo un genio en las leyes y figuraciones lingüísticas, se desliza subrepticiamente con estas delicadezas para manifestarse. De repente un vocablo (o significante) puede aparecer en medio de una frase con otro sentido del esperado en el contexto, para decir algo más.
Y luego, mucho nos muestran las divertidas particiones de las palabras: Útiles de jardinero (Útil es dejar dinero). O el verso de Garcilaso de la Vega: El dulce lamentar de dos pastores (El dulce lamen tarde dos pastores).
Desde 1906 Ferdinand de Saussure explicaba en su Curso de Lingüística General lo que él llamó el signo lingüístico, como la unión indisoluble entre la significación (concepto) y el significante (imagen acústica) de una palabra determinada. Tendríamos: lo que significa Árbol, y como suena á-r-b-o-l.
Años después, Lacan toma este signo, lo destruye y se queda sólo con el significante (o la materialidad fónica de la palabra) para independizarla de su significado, esto querrá decir que el significante no está abrochado a ningún significado en particular, sino que puede correr libre y abrocharse a múltiples significaciones o sentidos, según se ubique en relación (y diferencia) con otros significantes.
Que mi idea cuando digo silla no es la misma que piensas ahora mismo. (Y, al proferirla, pudiera ser también ¡Sí, ya!)
Y el significante se hizo casi el centro de todo el psicoanálisis lacaniano. Partiendo de que el inconsciente está estructurado como un lenguaje, entonces quiere decirse que en él se siguen las mismas leyes de la lingüística (la metáfora y la metonimia, por lo general) en sus conocidas formaciones: el sueño, el síntoma, el acto fallido, el chiste, el lapsus.
Pero un análisis correría el riesgo de infinitizarse si se queda reverberando sólo en los juegos de palabras, en estos intercambios de significantes para hallar nuevos sentidos. El analista sería un ser avezado en antanaclasis, en equívocos, en retórica, en poesía, al fin, y le estaría devolviendo a su paciente toda esta transmutación de sentidos continuamente. No, no es ese el único modo de trabajar en un análisis. Ni por ese sesgo de palabrerías se incide totalmente sobre el síntoma, que es en sí mismo un fenómeno hecho de significante y de…algo más, real.
Un acto serviría para detener el insistente manar de significantes.
Mientras, lejos de la consulta, es muy entretenido: “-Discutí con el camarero -¿Por qué? ¿Cuándo? ¿Cómo? -Porque cuando como me gusta que me traten bien.”
“Pensé: ¡qué memoria! (Pensé que me moría)”
¿Vienes, vienés? ¿Cabrá la cabra?....
Y:
*La foto es con dedos. La foto esconde dos

domingo, 2 de noviembre de 2008

Lo nuevo y la cita


En la actualidad vivimos compelidos a conseguir no sólo lo más nuevo, sino a rechazar lo viejo. Es el reemplazo impío de lo que recientemente acaba de surgir, (Ah, qué instante ese tan efímero de la creación, ¿verdad?), por lo que vendrá, lo que está más allá, lo por venir, lo bueno por ser “más nuevo”.
Esta vertiginosa búsqueda y deseo de lo nuevo no se reduce sólo a tener lo más actual, la última novedad, ya sea noticia, objeto, idea o pecado. No, fíjense uds., ya eso es una idea vieja.
Pero, si por el contrario, yo hago estallar una contra otra, la idea de buscar lo nuevo, con la idea de las citas en lo escrito, quizás me quede para uds en lo ya leído, pero para mi se acaba de convertir en un placer esta alquimia misma que empuja a la paradoja: Quiero decir algo novedoso, y a la vez me encuentro citando a otros autores. Viejos.
Si cito a los demás autores para sustentar mi palabra, aquí estoy cediendo lo novedoso, por la aceptación de mi discurso como válido.
Hay todo un saber “dormido”, aceptado, garantizado, todo un caudal de ideas que muchísimas personalidades han escrito en la historia cultural. La comunidad ante este saber, en consenso más o menos mayoritario, ha enjuiciado: Eso es una verdad.
Bien, al citar, es como si yo dijera: Es aquel el autorizado, yo sólo repito, y combino mis ideas con las suyas para intentar que aparezca algo nuevo. (Las citas no son exactas, aunque padezcan de nuestro prurito de exactitud) Y casi siempre, el citado calla, no me desenmascara, no defiende su idea pura, no se entera siquiera…
En la clínica psicoanalítica lo nuevo está en juego desde el momento en que se recibe al paciente, y se le toma como un sujeto único, nuevo, que no se le compara, ni a él ni a su síntoma, con todos los pacientes recibidos anteriormente.
Pero lo novedoso y la cita están amalgamados con más precisión en la operación por excelencia del psicoanalista, me refiero, por supuesto, a la interpretación. El analista se vale para interpretar en la cura, también, de la cita de lo que el propio paciente acaba de decir.
Se le confiere así un gran peso a la frase que ha pronunciado el mismo paciente, se la repite desde otro ángulo, se le “cita”. Y surge el milagro de la creación de un nuevo sentido, que resuena como si hubiera estado allí, también, agazapado en esa frase.
A partir de esa cita, de entrecomillar su dicho, algo enigmático puede aparecer para el sujeto, quien ahora quedaría confrontado a descifrar por él mismo lo que ha podido ser dicho (y escuchado), además, con sus mismas palabras.
El paciente estaría en posición semejante a la de un autor ya consagrado en la cultura, pero la cita que de sus palabras hace el analista (único público para este autor) tendrá la connotación y la intención de torcer su significado para extraer de ahí una nueva significación. Y que eso tenga sus efectos.
Deslizo un ejemplo (qué coincidencia, estoy citando a un colega) para ilustrar un poco una de las maniobras interpretativas en análisis: Viene la joven a consulta, se sienta y dice: La verdad, no tenía ganas de venir. El analista repite la misma frase pero levantando la coma, haciendo que se escuchen otras detonaciones con relación, posiblemente, a un cuestionamiento de que si la verdad no viene…
Quizás existe una manera para conseguir lo que tanto se anhela hoy en día. Tal vez: atravesar lo viejo, las citas, los dichos, el saber aceptado, y poder encontrarnos bruscamente con otra cosa, con algo completamente nuevo, luminoso… ¿O no?

martes, 28 de octubre de 2008

Sobre la Psicosis (I)


En ocasiones nos encontramos ante alguien para quien su realidad puede estar gravemente alterada, alguien para quien, digamos, ciertas cosas de la realidad le pueden haber empezado a hacer signo.
Un carro negro que pasa fugazmente ante su vista puede convertirse de repente en una señal de algo que le concierne a él particularmente, o quizás esta persona piense que sólo a él le es concedido el don de saber su significado divino.
Todo la inmediatez de tener que interpretar signos por doquier es vivido por el sujeto psicótico como un incómodo tormento, como un sufrimiento, como una incomprensión, en muchos casos. Es el delirio, que viene ahí, salvador, para poder explicarse toda esta invasión en su vida.
La percepción alucinatoria, es decir, allí donde algo que no existe en la realidad es percibido por el sujeto, se padece a mismo título de objeto real, como para sus allegados pueda serlo el semáforo que siempre ha estado en la esquina.
Aunque parezca un ejemplo desmesurado de un cuadro de psicosis, sabemos que, precisamente, la mesura es algo que queda con frecuencia por fuera de todo el padecimiento de estos pacientes.
A diferencia de Freud, que descubría e inventaba el psicoanálisis a partir de su encuentro crucial con la neurosis histérica, J. Lacan, partiendo de su condición de psiquiatra se cuestiona, en un inicio, qué posibilidad tiene el psicoanálisis con respecto al tratamiento de la psicosis.
A Lacan se deben indicaciones precisas de un posible abordaje de estos pacientes, con la cautela requerida, sabiendo bien el rol esencial que ante ellos debe jugarse para no provocar nuevos desencadenamientos. Y, dado el caso que se trate de las llamadas psicosis ordinarias, es decir, aquéllas que aún no se han desbordado en delirios altisonantes, habría que evitar incitársele, sin precaución ni tino, hacia este precipicio.
Es por ello que una de las exigencias mayores en la clínica psicoanalítica es la precisión diagnóstica, durante el período inicial de las entrevistas con el paciente, de los síntomas que presenta, y tomar los detalles clínicos ínfimos que puedan revelar que se está en presencia de una neurosis, o por el contrario, ante los denominados fenómenos elementales que dan cuenta de la estructura psicótica, aún cuando no siempre esto se presente de un modo tan evidente.
Cada sujeto ha resuelto, con los medios a su alcance, una determinada constitución subjetiva. Aquellos que pudieron intercambiar gran parte de su goce propio en las vías del lenguaje y de la significación fálica, más compartida por todos, podemos creernos importantes, mejores, únicos. Desconocemos quizás que la solución que encontró el psicótico es la más particular de todas, su delirio, como explicación de su mundo y de su ser, es único.
Pero no debemos soslayar lo ineludible de tener que auxiliarles, de que su presencia en un mundo organizado por lo fálico y la neurosis en general, a veces puede ser devastador para ellos, y quienes le rodean, claro está.
Regresaré sobre este tema de la psicosis, apasionante y delicado a la vez.
Es muy gracioso cómo ha saltado el término Psicosis al habla popular, y se escuchan cosas tremendas como confundirla con algún síntoma obsesivo, por ejemplo: Tal persona tiene psicosis con la música clásica. Quien sabe si esta adjudicación se deba a esa zona imprecisa de obcecamiento en la que un obsesivo se prende con ferocidad a un tema particular, que nos hace recordar y confundirle con lo delirante.
Quien sabe, finalmente, si se deba a la indulgencia propia de los no entendidos, de los que no diagnostican a diestra y siniestra, y reciben al loco, al empeñado en algo, al miserable paranoico, a la que se afana en seducir todo el tiempo, al que duda siempre, todos casi casi como lo mismo.




*Desbordamientos. Foto de mi hermana L.

viernes, 24 de octubre de 2008

Estrado


Me paro ante el podio. Antes había venido, solícito, el protocolar organizador de las Jornadas, diciéndome que todo el estrado “es suyo, puede Ud. sentarse en la mesa de los micrófonos, o quedarse de pie, como guste.” Yo le sonreí, le pregunté si podría bailar. No se lo esperaba, pero vi que, avergonzado de lo que pudo haber pensado ante la conferencista cubana, se sonrojó, y acomodó mi micrófono.
Después me dejó en una esquina del estrado, mientras una estudiante designada presentó a alguien que lejanamente se me parecía, ya que al parecer, con todo propósito, en alguna escala de mis papeles hacia el Departamento de Psicología, alguien había engordado mi currículum.
Y entonces me dejaron sola, con un frío tremendo en ese auditorio, que no había sentido antes mientras escuchaba la ponencia anterior, acomodada como estaba entre estudiantes serios y jovencitas en jeans (hubo dos de ellos que no supe distinguir muy bien a qué sexo pertenecían) y algunos profesores.
Mi ponencia, sobre la agresividad en psicoanálisis, era muy poco agresiva, la verdad, en su sentido de poco incisiva, y se basaba en explicar durante una hora y quince el vínculo entre el acto y la palabra en las relaciones humanas, y la pulsión de muerte…
Al final, preguntas de los asistentes, felicitaciones, lo común en este tipo de encuentros.
Ya casi todos salían, conversaban, recogían pertenencias. Alguien se me acercó, un estudiante con sus notas, concentrado aún, de mirada intensa. Parecía admirado, sin decidirse a preguntarme nada, me dio la mano en silencio, y después balbuceó alguna cortesía de rigor. Se quedó allí, mirándome, sin poder moverse de mi lado, seducido quizás por lo que acababa de escuchar.
Yo volví milagrosamente a tener su edad, y me asusté tanto en ese momento que me alejé deprisa hacia el grupo de profesores que promediaban entre todos cerca de cincuenta. Seguramente una edad más sosegada. En cuanto al saber, espero yo.