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viernes, 20 de marzo de 2009

La Angustia, presencia de un vacío


Tengo el Seminario 10 de J.Lacan, La angustia, que compré un hermoso sábado en la exquisita librería Gandhi. La angustia ha sido una temática que pospongo (y no post pongo). Debe ser porque todavía sigue haciéndome muchas interrogantes, como un tema incómodo, que me pone en guardia.
Desde Freud, parece de una sencillez impecable: si hay percepción de un peligro, de un daño esperado, entonces aparece la angustia y el reflejo de fuga. Pero, la angustia que nos ocupa es la que asalta al sujeto justamente cuando no existe un peligro aparente, y es vivida por él con tanto sufrimiento, que puede empujarle a pedir ayuda a un analista.
Es pues, una angustia que se enciende no ante una amenaza exterior, sino ante una exigencia interior. Y Freud lo destacaba así: esta exigencia es libidinal, es la alarma ante una insistencia de la pulsión que no ha podido ser tramitada… encauzada. Es el malestar insoportable de la angustia lo que fuerza al Yo a salir despavorido e intentar hacer algo con eso. Metaforizarla, ya veremos.
Para Lacan, la angustia es un afecto que no engaña. La angustia emerge cuando un sujeto ha sido confrontado con lo real, con algo que no puede dialectizarse (tramitarse) por la palabra, por los significantes.
Con la teoría lacaniana la angustia es con objeto, recortándose así de todas las corrientes anteriores de pensamiento que aludían a la angustia como un temor impreciso y sin objeto o causa aparente.
Pero, ¿de qué objeto se trata en la angustia? Se siente angustia cuando el sujeto se encuentra ante la presencia de algo que en sí mismo es una ausencia, que es el objeto primordial perdido, das Ding, la Cosa (después devenido teóricamente objeto a). Y ahí ningún soporte fantasmático, ninguna articulación significante le sirven para protegerse de tal desamparo ante el objeto que le presentifica su propia castración… y siente Angst.
Es un sentimiento que no engaña porque está mostrando en sí mismo la verdadera dirección del deseo, ese: ¿Qué quiere el Otro de mí? No saber lo que el Otro quiere de mí angustia bastante.
Ahora bien, ¿qué hacer con la angustia? Para poder arreglárselas con la angustia, el sujeto busca la creación de algo que, como metáfora, le sirva de sostén, le sirva para poder darle cauce a nivel simbólico, dotar de sentido a ese vacío intrínseco. Puede fabricar una fobia, concentrar en un objeto fóbico (por ejemplo, el temor a los reptiles) y esta construcción, aunque padecida lastimosamente, es ya un intento de traducir ese real en términos significantes.
Y por lo general, se fabrican síntomas, verdaderas condensaciones metafóricas que portarán un sentido menos doloroso que lo impreciso e insondable de la angustia de castración…
El psicoanalista no se apresura en acallar la angustia, o quitarla a toda costa, esto podría ser un fin terapéutico. La labor del analista irá siempre en la vía del deseo, y aquí la angustia es una valiosa guía. Por eso, cuando se interpreta en una sesión de análisis apuntando al deseo, de alguna manera se le da consistencia al síntoma, ese hijo sufrido de la angustia. Esto aliviará, esto aligerará la angustia.
Seguiré con la angustia otra vez, pues ella es justo lo que hace despertar al sujeto de su falsa beatitud… y a mí de creerme que ya la entendí del todo.


*El grito, E. Munch (1893)