
Llega confundido, no sabe si es aquí el mejor lugar para solucionar su sufrimiento. La iglesia hubiera sido más sencillo, al menos conoce su alcance desde niño. En cambio, un psicoanalista, lo que es seguro, es que le hará hablar durante sesiones, posiblemente en algunas llegará a hacerle llorar, y encima, habrá que pagarle.
El psicoanálisis es toda una aventura, es quizás la experiencia que promete dar finalmente con algo que está en la causa, con el mecanismo que hace funcionar el andamiaje de síntomas y padecimientos.
Viene alguien, pidiendo consuelo, comprensión, un sentido para todo esto que le aqueja y que, por lo general, en estos momentos, le está sobrepasando. Como si de pronto todo lo que hasta ahora había sido él, bien conocido y entendido por sí mismo, estuviera fuera de su control. No duerme, no come bien, no puede acceder a una pareja, no se concentra, tiene angustia, responde exageradamente ante una situación banal, está deprimido…
¿Por qué acudir a un psicoanalista, entonces? La distancia entre la práctica propiamente analítica y la psicoterapia, reside justamente en que el analista rehúsa dar más sentido o atiborrar con palabras el padecimiento del sujeto. En el dispositivo analítico se inclina la acción (más bien el ser entero del analista) hacia la movilización del deseo del paciente y la búsqueda de las causas del malestar, precisamente porque se evita redondearle el sufrimiento al paciente con la consolación y la supuesta “buena respuesta” que conocería de antemano el gran amo que se consulta.
El psicoanalista no sabe a priori, nada. O, digamos que sabe que hay un saber oculto e inconsciente que está en la causa de los síntomas, y hacia allí invita al paciente a buscar la salida. Es como si cordialmente le conminara: No importa lo que Ud. diga, hable sin restricciones o juicio, que eso nos conducirá a tocar lo real de fondo de su ser, y que le hace fabricar síntomas.
En el dispositivo analítico, la maniobra del analista (propiamente la interpretación) consiste en partir de lo simbólico o la palabra, asegurando llegar a modificar algo de la fórmula más arcaica del individuo, a saber, cómo solucionó en su propia y original constitución como sujeto, el horror de enfrentarse a la imposibilidad de la completud, es decir, al horror de la castración.
Un pequeño desfallecimiento del deseo, un enfrentamiento con su propia condición de no ser nada ante el otro, una pérdida, pueden haber precipitado un malestar insostenible en quien ha llegado hasta la consulta del psicoanalista.
La ética del psicoanálisis consiste entonces en no anular la singularidad de este sujeto con una buena solución preconcebida que sirviera para todos, sino por el contrario, se aboca a rescatar (sin soltar) el hilo particular que guía el curso de la subjetividad de este hombre. Y para que eso (ello) se abra a nuevas vías pero esta vez no sintomáticas…