
Estoy muy enredada con el cuerpo. Toda la conceptualización de Lacan alrededor del cuerpo, el estatuto de los objetos parciales de la pulsión, las zonas erógenas, todo ello se me complica a nivel teórico.
Como si el cuerpo mismo no fuera tan fácil de atrapar. Como si el cuerpo no fuera tan cercano y tangible como cuando se nos presenta, con intensidad, en su dolor o en su orgasmo.
Ahí está el cuerpo, atravesado por las trampas del deseo, por alguna angustia procusteana de no adentrarse del todo en el modelo delineado por la época, aguijoneándonos lo apacible de un momento o bien, contrariándonos inerte cuando queremos su ánimo.
El cuerpo existe porque ha sido “significantizado”, es decir, porque ha sido mordido por la palabra. Es esta una bella expresión, pero no sin violencia: La letra se hundió en la carne, para hacerla existir.
Si lo desmenuzo, lo entiendo mejor. (Al cuerpo no, a su concepto) Nacemos con un organismo que sólo devendrá cuerpo a través de su subjetivación, de la palabra puesta sobre él para poder asumirlo y delimitarlo. El cuerpo vendría a ser como un regalo que nos ha sido dado por, y con, el lenguaje.
Y también sucede que se habla del sujeto antes de que nazca, y se sigue hablando de él después de su muerte, es decir, el sujeto trasciende la temporalidad de su propio cuerpo. Pensemos en las inscripciones significantes de las tumbas, en la memoria que perdura de aquel ya ido…
Esta incidencia del significante sobre el cuerpo va a “dibujar” los límites del cuerpo como zonas erógenas, es decir, esas pequeñas aberturas (boca, ano, ojo, oído) que, siendo los bordes, permiten establecer una relación determinada con los objetos parciales de la pulsión (oral, anal, escópica, invocante, respectivamente)
Otra manera de adentrarnos en él, es escuchándole sus síntomas. El cuerpo “habla” a través, y fundamentalmente, de sus síntomas. Y no habría que ir tan lejos como en el caso del fenómeno psicosomático, para escuchar el alarido atrapado ahí en el órgano. En la clínica se nos presenta por lo general un cuerpo que atormenta al neurótico con su parloteo sintomático. Pues estos síntomas de ahora reviven los acontecimientos (de palabra) que dejaron sus huellas en el cuerpo…
El cuerpo, en suma, existe ofreciéndose en vida a la posibilidad del goce (esto es, para que la pulsión se satisfaga), o más lacanianamente dicho: el cuerpo viviente es la condición de goce.
Pero, y aquí me detengo, mi cuerpo sólo tiene noticia de estas tribulaciones cuando me grita cambiar mi posición inclinada ante el teclado, y cuando se sonríe pensando que es él lo único que no puedo incluir jamás en estos escritos, en este blog. Se queda afuera.
