... Y esto, como se dice en la tradición de mi familia, Esto no significa nada...
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miércoles, 16 de septiembre de 2009
miércoles, 20 de mayo de 2009
Del sonido del blog
(Per Salva, che ha aggiunto la lingua italiana)
Los blogs me parecen todo un invento increíble. Cada quien se desdobla en palabra, imagen, exaltación, ideas, anonimatos… puras emociones, creo yo. Y entonces resplandecerá el deseo de volver. O no.
Este espacio no será real, y sin embargo puede tenerse la muy viva sensación de que a la par de la fiesta de imágenes y letras ante nuestros ojos, apareciera también un eco, un sonido articulado de fondo, cierta cadencia audible que acompañará a las visitas en su recorrido.
Haciendo también al blog continuamente están los sonidos de los que comentan, las voces intuidas, los acentos mezclados dentro del mismo idioma (¡y en otros!), los adorables errores al escribir que poco podríamos atribuírselos ya a la prisa o a la inocente negligencia.
Creo que se escribe para alguien, uno diseña un Otro a la medida, a partir de las elucubraciones de quién pudiera estar leyendo esto ahora mismo, y es placentero creerse que habría allí un lector, (¡muchos!) un público.
Como nunca he tenido muy bien pensado cuáles son mis cosas preferidas (salvo el chocolate, ante el que nada se compara) para mí encontrar una canción hoy, entre tantas, se me ha hecho una tarea extraordinariamente difícil. Y con esta duda, y pidiéndoles clemencia, que no se vayan a reír demasiado, escogí Lovefool, para acompañar estas divagaciones.
Ya sé que es muy discutible lo que voy a adelantar, pero lo que se le pide al Otro, en esencia, es que nos quiera.
A estas alturas ya no puedo decir que elegí con tal canción otro que no fuera el camino más sencillo. Pero no estoy tan segura de eso… uds ya son los que saben de estas cosas.
Los blogs me parecen todo un invento increíble. Cada quien se desdobla en palabra, imagen, exaltación, ideas, anonimatos… puras emociones, creo yo. Y entonces resplandecerá el deseo de volver. O no.
Este espacio no será real, y sin embargo puede tenerse la muy viva sensación de que a la par de la fiesta de imágenes y letras ante nuestros ojos, apareciera también un eco, un sonido articulado de fondo, cierta cadencia audible que acompañará a las visitas en su recorrido.
Haciendo también al blog continuamente están los sonidos de los que comentan, las voces intuidas, los acentos mezclados dentro del mismo idioma (¡y en otros!), los adorables errores al escribir que poco podríamos atribuírselos ya a la prisa o a la inocente negligencia.
Creo que se escribe para alguien, uno diseña un Otro a la medida, a partir de las elucubraciones de quién pudiera estar leyendo esto ahora mismo, y es placentero creerse que habría allí un lector, (¡muchos!) un público.
Como nunca he tenido muy bien pensado cuáles son mis cosas preferidas (salvo el chocolate, ante el que nada se compara) para mí encontrar una canción hoy, entre tantas, se me ha hecho una tarea extraordinariamente difícil. Y con esta duda, y pidiéndoles clemencia, que no se vayan a reír demasiado, escogí Lovefool, para acompañar estas divagaciones.
Ya sé que es muy discutible lo que voy a adelantar, pero lo que se le pide al Otro, en esencia, es que nos quiera.
A estas alturas ya no puedo decir que elegí con tal canción otro que no fuera el camino más sencillo. Pero no estoy tan segura de eso… uds ya son los que saben de estas cosas.
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Ligerezas
martes, 31 de marzo de 2009
Conducirse
(Un poco de ligereza no viene mal)
Yo aprendí muy tarde a manejar en mi vida. ¿Carros? No, me dije que esos jamás aprendería a dominarlos. Ya bastante tenía con mis torpezas al caminar (tropezaba, me distraía, todavía hoy me golpeo accidentalmente contra el marco de las puertas de mi casa) como para también hacer víctima a una pobre máquina esmaltada y a los demás.
Y así vivía, en el disfrute de dejarme conducir por otros, sentada a la derecha, con criterio sobre todas las maniobras del chofer, con miedo a la velocidad y a los perritos indefensos en las avenidas.
Hasta que tuve que aprender a llevarme a mí misma de un lado a otro, y ocuparme de un carro (no en pocas ocasiones me asombré muchísimo de la lucecita indicándome que le faltaba gasolina, o que, una vez en la gasolinera, el empleado me preguntara si le revisaba el aceite). Inexplicable.
Cuando conseguí manejar la primera vez, me gustó mucho haber podido conquistar una nueva forma de moverse en el mundo, con nuevas reglas, con otras potencialidades. Ya me conducía diferente.
Pero muy lejos de aquello que más se estima en el diván (el malentendido), aquí las apariciones imprevistas de tonterías, fallos, el acto irreflexivo, son muy mal recibidos, peligrosos. Y absurdo ir a buscarlos en estos trajines. El inconsciente mientras, bueno… escuchando la música.
Y cuando manejo, casi invariablemente, se me quitan los restos de tristeza que aún hoy los días puedan traerme. Es por causa de una sensación que me envuelve, de dominio de esa mole, de miedo, de alerta continua, de rodar por unas calles alineadas y señalizadas, muchas veces a merced de la destreza o no del carro de adelante…
Y yo que creía que sólo las canciones de los Beatles tenían en mí ese poder de ahuyentarme la tristeza de los ojos.
Así es entonces de incomparable el bienestar exquisito (¡y leve, lo sé!) que siento si estoy conduciendo y de repente…
Yo aprendí muy tarde a manejar en mi vida. ¿Carros? No, me dije que esos jamás aprendería a dominarlos. Ya bastante tenía con mis torpezas al caminar (tropezaba, me distraía, todavía hoy me golpeo accidentalmente contra el marco de las puertas de mi casa) como para también hacer víctima a una pobre máquina esmaltada y a los demás.
Y así vivía, en el disfrute de dejarme conducir por otros, sentada a la derecha, con criterio sobre todas las maniobras del chofer, con miedo a la velocidad y a los perritos indefensos en las avenidas.
Hasta que tuve que aprender a llevarme a mí misma de un lado a otro, y ocuparme de un carro (no en pocas ocasiones me asombré muchísimo de la lucecita indicándome que le faltaba gasolina, o que, una vez en la gasolinera, el empleado me preguntara si le revisaba el aceite). Inexplicable.
Cuando conseguí manejar la primera vez, me gustó mucho haber podido conquistar una nueva forma de moverse en el mundo, con nuevas reglas, con otras potencialidades. Ya me conducía diferente.
Pero muy lejos de aquello que más se estima en el diván (el malentendido), aquí las apariciones imprevistas de tonterías, fallos, el acto irreflexivo, son muy mal recibidos, peligrosos. Y absurdo ir a buscarlos en estos trajines. El inconsciente mientras, bueno… escuchando la música.
Y cuando manejo, casi invariablemente, se me quitan los restos de tristeza que aún hoy los días puedan traerme. Es por causa de una sensación que me envuelve, de dominio de esa mole, de miedo, de alerta continua, de rodar por unas calles alineadas y señalizadas, muchas veces a merced de la destreza o no del carro de adelante…
Y yo que creía que sólo las canciones de los Beatles tenían en mí ese poder de ahuyentarme la tristeza de los ojos.
Así es entonces de incomparable el bienestar exquisito (¡y leve, lo sé!) que siento si estoy conduciendo y de repente…
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