Si hablamos, podríamos entendernos. Es este el anhelo de toda comunicación, que ella sea completa, que cubra todo lo que se pretenda con el decir, y le llegue al otro que escucha, en la mayor claridad posible.
Que cuando se diga una frase, por ejemplo, Te quiero, a cabalidad pueda ser comprendida. Pero a menudo hay que repetir, utilizar otras variantes, deshacer más el dicho, modular la intención de significación, cambiar el tono, apurar una segunda frase que lustre mejor la anterior…
El lenguaje que utilizamos (Lacan diría que “nos utiliza a nosotros”) podría no ser unívoco ni total. Parece como si siempre pudiera ponérsele a toda frase otro significante o palabra más, y que así gire el sentido hacia otro lado. O constatamos que faltan las palabras para decirlo todo, o que ellas mismas son engañosas y escurridizas, que no somos comprendidos.
Así, en cuanto yo intento decir algo, ya el otro que pone su oreja entiende tal o cual palabra, que no siempre tiene la misma connotación que le estoy dando. Ese otro, según escucha, le otorga tal sentido a lo que digo…
Es el malentendido esencial que acompaña al ser hablante.
Cuando pertenecemos a la misma comunidad, ya sea país o barrio, tenemos una comunicación que acude a un mismo sistema de códigos. Entonces el malentendido, queda un poco más desplazado, y uno llega a tener, incluso, la sensación de que pudiéramos decirnos más, con menos palabras, entre los “parroquianos”. (Freud dejaba caer que para que un chiste pueda ser comprendido había que pertenecer a la misma parroquia)
Existen, más íntimos aún, códigos que sólo comparten dos, que sólo ellos entienden.
Si el lenguaje en general nos remite a esta hiancia o agujero, la condición de extranjero en una cultura diferente podría redoblarla. No hablo de la otra vuelta de tuerca de utilizar otro idioma para hacernos entender. Incluso, tranquilamente en español.
Nos topamos con que tienen que desmenuzar más los sobreentendidos ante nuestros oídos cuando nos hablan, explicarnos mejor a qué se alude con determinada frase, quién es tal personaje-ícono de la cultura que mencionan continuamente, qué carga de afecto o de insulto tiene esa palabra aquí…
Pienso que no siempre el hecho de portar esa condición de extranjero sea del todo despreciable... Hummm, todo esto parece muy conveniente para la práctica psicoanalítica, por ejemplo: - Perdón, no le entendí bien, ¿acaso Ud quiere decir que…?-.
Tranquiliza saber que uno siempre, ante el lenguaje, es también un poco extranjero.




