sábado, 28 de junio de 2008

Las razones narcisistas


Escribir es un acto. Consiste, como suele creerse bien, en hacer pasar todo ese universo de las ideas, disyuntas, desperdigadas, bellas y sorprendentes, al ordenado y descifrable texto, armado de sentido. Ese paso, señores, implica también exhibirse un poco.
¿Pero acerca de qué escribir, de lo que nos angustia, de lo que nos satisface, de lo que no acabamos de entender, de lo que ya es sabido y conquistado por nosotros? En cualquiera de estos casos, la vanidad interpondrá su precioso velo. Y lo haremos mejor, y mejor, e incluso, llegaremos a pensar que no pudimos haberlo escrito mejor. Y ahí lo lanzamos, a la visión de todos, tan inmarcesible, tan disímil, tan poco única… Es ya una suerte poder escribir algo y que otros puedan leerlo.
El estilo es el hombre, dijo Buffon, en una frase que acuñó todo un pensamiento sobre el autor y su ser. Quiere anunciar que toda la identidad del escritor, digamos, su ser entero, se va a transparentar en su discurso, eso llamado estilo. (El estilo: un punzón antiguo con el que se escribían las tablas enceradas,… ah!)
Así, vemos también todo el afán de algunos por encontrar su unicidad, por diferenciarse de los otros. En vida y obra, que según aquí vienen a ser lo mismo.
La frase de Buffon es citada por Jacques Lacan al principio de los Écrits, aquella parte de su enseñanza que accedió a publicar. Lacan prolonga un poco más esta frase: “El estilo es el hombre…al que nos dirigimos”.
Y es apropiado ese comienzo, porque el estilo de Lacan es precisamente lo que ha ahuyentado a muchos que se acercan a leerlo. El estilo de Lacan es único, algunos dicen que encriptado, sublime, impenetrable, incomprensible… pero está diseñado de este modo con toda intención. Pienso que de esta manera él logra: -describir que el estilo está definido por el auditorio que uno escoge para su propio discurso, -que nuestro mensaje nos viene del Otro del lenguaje en forma invertida, -y que cierta relación constante que tiene el hombre con su propio objeto (¿de satisfacción?) se transparenta y a la vez queda encerrado (¿encapsulado?) en lo que escribe.
Quiero decir, después de todo este rodeo, que lo que escribo aquí tiene que ver conmigo, con quien soy como síntoma, y que a la vez cada idea expresada por mí se perfila también según el público que imagino me lea. Pero además, en esa relación (¡casi dual!) una cierta manera de pensar conjunta, más compartida entre muchos, se va a traslucir, si se comprende… ¿Apelaré, acaso, a aquello de “ser de una misma parroquia”, quizás, y con anhelo, a aquello de “ser cubanos”?
Hay cierta selectividad en lo que uno escribe, así también la hay en lo que uno escoge leer. Pero… ah, tratar de entender a cabalidad algo en cuanto a comunicaciones humanas se refiere… ¿no será, como vemos en psicoanálisis, una quimera?
Bueno, el malentendido es esencial.
*Foto: Jacques Lacan (1901-1981)

2 comentarios:

Ernesto Menéndez-Conde dijo...

El estilo es el hombre. Una frase alucinante. Hay toda una sociologia de la historia del arte -por donde pasan Hauser y Bourdieu- que ve en el estilo una forma de dominacion social. Las clases bajas de la sociedad se interesan sobre todo por los argumentos literales y sentimentales. Las clases altas por las formas o el estilo. Y personalmente creo que es asi.
El hermetismo seria un buen ejemplo porque realmente se dirige a una elite que podria comprender, mientras la mayoria permanece a ciegas o se aburre. Pero hay, diria, una felicidad ante lo hermetico, que en parte podria ser la dicha de sentirse entre los "iniciados" o los poderosos. Saludos.

Verónica dijo...

Sí, aunque no sólo se quede la contentura en saberse "entre los iniciados",también produce mucha felicidad el acto mismo (sencillo)de comprender algo, de poder sustraer un pequeño filo de saber a esa (supuesta) mina de la sabiduría total. Que no existe.
Gracias por venir, Ernesto, saludos,
Verónica