lunes, 24 de mayo de 2010

Cartas Ave


Pie y ala
Siempre he sucumbido con muy buen ánimo al letargo, a que las horas pasen y se entretengan conmigo, a que luego me aparten sin nada de prisa, dejándome de nuevo en mi esquina apacible. En otras épocas, incluso, yo también creía en la exaltación y en el deber (a veces confundidos entre sí, en el colmo de alguna tarea exagerada) pero sólo intentaba el recorrido para comprobar la futilidad de estos espejismos.
La quietud de un banco, las piernas descansadas, la no-importa-quién compañía para escucharme decir cualquier cosa. La risa, todo un estampido gozoso al hacer caer otro dios más. Siempre supe que el abismo estaba ahí, a un paso mío ineludible. Me seguía entreteniendo mucho mi afán de hundirme, de no ser nada, de autodestruirme, y de avanzar ya… tal vez volar.


Proximidades
Yo también lo veía, claro está. Reconocí enseguida, con una sagacidad tramposa, que hubo otra época en la que el tiempo de exposición de su cara en mi retina había durado más que unos pocos minutos. Pero, viéndolo avanzar hacia mí, y habiendo ya perdido el camino del por qué, del quién era ese, en qué fecha estuvimos frente a frente, sólo pude tantear en el aire algunas cortesías de rigor…
Lo que menos me perdonaba en ese instante era la sacrílega confusión de no distinguir bien si había recibido a ese hombre en consulta, o si me había acostado con él en alguna de las noches más turbulentas de aquellos años míos. Lo miré otra vez y sus ojos insistían en destellar. La medio sonrisa que esbozaba ahora terminó al fin por convencerme: no sería fácil adivinar tan rápido al ser y su circunstancia.
Y ese caro amor, la Transferencia, que en consulta Eros teje como un halo de deseo hacia el amo-amado-analista, torcía aún más mi camino mental de desciframiento, pues… ¿acaso no es amor, también, la transferencia? Ya sin remedio, me rendí ante la duda de si lo había recostado en mi diván o en mi inmensa cama.
Creo que me comporté a la altura de mi perplejidad: le sonreí sosteniéndole mi mirada, también encendida, y esperé así su más ágil y primera reacción. Y entonces habló. Por fin escuché que todavía se cuidaba de sus propias palabras ante mí. Hablaba con toda la delicadeza y el sometimiento de aquél que sí conservó su amor intacto y que no lo exorcizó gastándolo en jadeos y sudores hasta hacerlo morir. Él seguía moviendo sus manos suavemente, aireando su eterno Quiero pero no puedo. Y así, tal como en aquellas sesiones en que yacía recostado de espaldas a mi ¿tantas fueron?, siguió moderando con entonación épica su relato, ¿el mismo aún?, sin permitirse el encuentro con mi mirada. Me dijo al despedirse, como si se sintiera obligado, Sólo una vez más volví a sufrir de aquel terror, pero fue en un sueño, en realidad nunca más ha reaparecido.
Pero yo no recordaba nada en absoluto de su vida, ni su nombre siquiera. Y hacía muchos años que yo me dedicaba ya a otra profesión.


Le TGV
Sólo pensaba en él. Cada mañana me levantaba con la feroz convicción de que esta vez sí iba a perderlo de verdad. Sólo un té, por favor, Un croissant, un café? Non, merci, j’ai peur de rater mon… Una sonrisa basta, es sabido que nadie escucha los finales, y las frases se quedan así, abiertas y desamparadas, con sus últimos vagones sobreentendidos.
El tren no espera, me ha advertido Véronique, debes estar a tiempo para abordarlo. La prisa entonces se me desliza en reto, y toda mi dignidad se medirá como triunfo de ser una viajera puntual. Pasillos, estaciones, Paris continua sin pausa su agitada vida también en el submundo. Sigo corriendo, mis zapatos apurados se acompasan muy bien entre los tumultos de abrigos que avanzan. En un instante, la cojera de alguien perturba ese ritmo compartido y me hace volver en mí. ¿Y qué era yo ahí? ¿Eh? Mi reloj. Yo no era más que eso, algunos minutos engastados en un cuerpo que ya esperara tranquilo en el andén. ¿Lo lograré? ¿Habré sido buena?
El tren llega, justo y brillante, como esperado… Ni me acoge ni me esquiva, Su Inmensidad acerada. ¿Qué me forzaba a estar tantas veces ahí, parada ante Él, cumplidamente a tiempo, anhelando todavía su consentimiento?


Ave de paso
Soy el ave, un ave tartamuda de quien nadie quiere saber. Me escondo feliz entre los paisajes más concurridos, allí en el que todos saben cómo conversar y caminar entre la gente. Al descubierto estará siempre lo que se puede decir. En la intimidad, precioso amor mío, aparece nocturno lo intangible, sin ser llamado, mordiéndolo todo, libándose mi sangre, tan poca ya.
Está lloviendo a cántaros, ¿y tantos se han roto por lo mucho que fueron a la fuente, que se nos encima ahora este vendaval?
De nuevo posada en rama vencida, mi plumaje húmedo y desagradable, degusto el eco de la última velada de enajenación: el humano hará un pasaje estrepitoso desde la realidad hasta la virtualidad. Esa será la nueva forma de existencia, ya no tan apresada con la animalidad y la inmediatez de los sentidos, ya no tan obvias su figura y sus vanidades. Allí en lo virtual los límites bordearán nuevas prohibiciones, poco conocidas por ahora. Preocupación intrascendente. Que nada nos empañe el disfrute entusiasta de esta novedosa transmutación. Alguien, retrógrado, sostendrá la primacía de los tocamientos reales, de la urgencia de escuchar la voz y el aliento caliente al oído, de una imposible sustitución. Pero será vencido cuando todos le demos solamente crédito al hecho y al sentimiento publicado en el éter. Nada podrá detenernos esta gracia ilusoria en la que lo privado destella, amor mío, haciéndose ya de todos y pudiendo ser más y más amados.
Yo también, el ave, volaré lentamente al otro lado, y ni yo misma alcanzaré a escuchar mi trino ronco.


Y no es cierto que ha sido publicado por Verónica, E.

6 comentarios:

Güicho dijo...

Menuda ausencia, estimada. ¿Juntando para soltar de una vez? Saludos!

E. dijo...

Más o menos, tam-bién estimado!
E.

Anónimo dijo...

Bello canto del ave, no cisne, sino ruiseñor. Así se ofrece el canto, jardín abierto, sin angel de sable llame-ante la puerta...podrán todos sin peligro acercarse a la manzana? Así?

Y me trae (si se me disculpa) al paladar estos versos de la "Philomena" de San Bonaventura :
" ven a mí si me deseas
consolar oh ruiseñor
darás mensajes de amor
a mi amado...
"

Encore.

Et si jamais, l'éTé...

Salutations, plaisir de te lire et...par d'autres voies.
B.

E. dijo...

¿Ruiseñor? Gracias por adornarle su trino ronco. Del pájaro real al pájaro sublimado y virtual. El canto mejora, cómo no.

Ernesto Menéndez-Conde dijo...

Te he leido varias veces sin comprender del todo, pero con inmenso gusto. Tu (Vs. o E?)eres de esas personas que poseen la habilidad de contar algo de manera tal que siempre resulte enigmatico y sugerente. un abrazo, E.

E. dijo...

Algunas veces, todo hay que reconocerlo, esto no ocurre muy a propósito... Otro para ti, E.