domingo, 27 de julio de 2008

Fronteras


Las fronteras siempre han sido un poco difíciles para mí. Recuerdo que el aeropuerto en La Habana era uno de mis grandes tormentos, unas veces lo visitaba con la ansiedad de ver a la persona que regresaba, otras con la tristeza de la separación temporal, otras tantas con la amarga resignación de quién sabe hasta cuándo nos volvamos a encontrar.
Y también el mar, que estaba ahí, golpeando el malecón cada día, y que era el horizonte desde mi ventana.
Quizás todas las separaciones remitan un poco a la muerte. Una de mis creencias infantiles, y que pienso que todavía se conserva, disfrazada más o menos de pincelada científica (¿acaso no es eso lo que casi siempre ocurre?) consistía en que yo no tenía certeza de que volvería a ver a quien se iba, porque esa persona moría o al menos su existencia quedaba suspendida en el tiempo hasta que reaparecía (inexplicablemente) otra vez. Aunque parezca raro, era mi manera de lidiar con el sentimiento de la tristeza, era mi pequeña explicación que me consolaba ante la separación inevitable y real. (Y también un atisbo de egoísmo: esa persona no continuaba una existencia alejada de mí)
Es un juego simbólico o una historia presentable ante el dolor de la ausencia, y funcionaba siempre como elaboración, y con la alegría secreta de una resucitación del querido. En plena frontera, era mi fantasía de defensa ante la otra frontera insondable y oscura de dolor por la pérdida.
He tenido unos días maravillosos de encuentros, nos hemos reunido mis hermanos y mi padre aquí en la ciudad, con una preciosa boda de fondo.
Ayer ha sido nuevamente un día de aeropuerto, y he vuelto a ser niña que despide, con fotos y deseos, con abrazos y sonrisas, y con pequeñas fantasías que me sostengan hasta la próxima vez.
A lo mejor también las fronteras siempre son las mismas.


*Foto: Una de las fronteras de México

4 comentarios:

Ernesto Menéndez-Conde dijo...

Muchas felicidades por el encuentro con tus familiares. Entiendo muy bien -lo padeci muchas veces- eso de despedir a personas con la impresion de que no volveria a verlas. Me gusta esa proximidad entre una separacion y la muerte de la que hablas. Me haces recordar una de esas separaciones, en la Habana, en pleno periodo especial. Rilke fue, si pudiese decirse asi, mi balsamo. Ahora lo que recuerdo de esos meses son sobre todo las lecturas obsesivas de los textos rilkeanos. Nada me parecia tan reconfortante como caminar por el Malecon habanero y recitar para mis adentros Los Sonetos a Orfeo, que me habia aprendido de memoria.
Por cierto, desde mi terraza yo tambien veia el Malecon a diario.

Verónica dijo...

Gracias, Ernesto. Estos encuentros dan tremenda alegría y un buen impulso hasta la próxima vez.
Las despedidas... hay que ver la cantidad de variantes que se inventaba la gente (todavía lo hace) ante las separaciones.
Y lo largo que es el malecón, a lo mejor hasta fuimos vecinos en La Habana!
Saludos,
Verónica

Aguaya Berlín dijo...

Compartir con los familiares es único, sobre todo cuando se vive lejos y separados.

Los aeropuertos sin embargo, por lo menos a mí, me recuerdan más a los que que quedan/o se van, sus caras de tristeza en el fondo: de mi familia cuando salí yo por el aeropuerto en la Habana, de los que han podido visitarnos cuando los despedimos aquí en Berlín...

Saludos, Verónica!

Verónica dijo...

Para mi lo peor era la incertidumbre de cuándo volveria a ver a la persona que se iba... Y tambien, cuando me fui definitivamente, en el aeropuerto, me acuerdo de las caras de la familia, las palabras y los gestos impensados que una hizo... No se por que, yo me quite una pulsera que llevaba y sin decirle nada, se la di a una señora de la familia que yo quiero, asi, y me despedi sin mas.
Pero que buenos son los encuentros! Aqui o alla, eh?
Saludos,
Verónica